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3. Enemigo invisible (y pérdidas de tiempo)

Quizás el tiempo es una quimera, un vaivén de minutos y segundos, que amenazan con repetirse bajo el espejismo de poder controlarlo. Hablamos del tiempo como si fuera una certeza: algo que avanza, que ordena, que cura, o como la ilusión de algo imposible. Pero el tiempo no transcurre igual en todas partes: hay lugares –y momentos– en el que tiempo se acelera, y otros en los que el tiempo pasa demasiado despacio, se ralentiza. El tiempo no corre; negociamos con él como con un enemigo invisible. Lo sentimos efímero cuando deseamos retenerlo y eterno cuando queremos que se agote. Un tira y afloja sobre el que depositamos demasiadas expectativas.

A veces, el tiempo es escurridizo: se desliza entre los dedos cuando intentamos fijarlo a nuestra memoria. Y, sin embargo, viajamos en él constantemente. Lo recorremos hacia atrás, hacia delante. Lo convertimos en un territorio en el que nos podemos movernos. Viajamos al pasado, estructuramos nuestros recuerdos y volvemos al presente con la sensación incomoda de llegar tarde o de que, al parecer, nunca viviremos lo suficiente. Pero eso no es del todo cierto, lo que pasa es que no siempre somos capaces de recordarlo. El pasado no está cerrado, permanece en estado latente, como una pregunta sin responder.

El tiempo solo es habitable en el aquí y en el ahora, no en lo que pudo haber sido o en lo que sería. Eso más bien es una pérdida de tiempo. Es mejor anular los tiempos pretéritos y los condicionales para dejar paso al presente perfecto: a lo que ya es mientras ocurre. A ese instante que no necesita explicación, pero que necesitas vivir como si fuera el último. Para mi ese instante es como mi canción favorita, dura poco tiempo, pero puedo reproducirla tantas veces como quiera.

Yes.


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