En su último desfile parisino, los zapatos de charol rojo se convirtieron en tocados y las faldas, en tops. Detrás de ese juego aparentemente absurdo hay años de oficio y una infancia que todavía se cuela en cada colección.

Abraham Ortuño (Elche, 1987) aprendió pronto que un zapato podía ser muchas cosas. En San Felipe Neri, rodeado de la industria zapatera alicantina, jugaba con las cuñas de madera sobrantes de las fábricas. También recortaba revistas, dibujaba a sus profesoras como personajes manga y observaba fascinado a las mujeres de su familia. Su hermana mayor y una tía de estética ochentera fueron sus primeras referencias. Lo siguen siendo.
A los 17 años, Abra, como lo conocen en la industria, se marchó a Barcelona para estudiar patronaje. Trabajó de dependiente, de ayudante de estilismo, pero sobre todo experimentó con su imagen. Sin embargo, fueron las noches de fiesta, en las que los contactos lo eran todo, las que marcaron el rumbo de su carrera. Y conoció a David Delfín.
El “flechazo” lo llevó a Madrid, donde comenzó a formar parte de su universo creativo. No empezó diseñando para él: empezó desfilando. Y, lo más importante, creyó en su talento cuando Ortuño todavía dudaba de el: “David fue probablemente la primera persona que me tomó en cuenta como creativo” confiesa con cierta emoción en el podcast Fashion Sucks. Su obsesión por el coleccionismo y el estudio de los patrones de Balenciaga durante la etapa de Nicolas Ghesquière hicieron el resto.
El impulso no evitó los rodeos. De regreso a Barcelona, se convirtió en asistente de Elena Cardona, reconocida diseñadora freelance de accesorios para firmas como Maison Margiela. Por las mañanas trabajaba en una tienda; por las tardes aprendía a diseñar sin cobrar. “Lo hacía por amor al arte; no cobraba, pero quería aprender”, contaba el diseñador a Alexandra Lores en Vogue España. Fueron tres años de aprendizaje. Y el empuje definitivo para continuar su formación en el prestigioso Institut François de la Mode.
Lo que en la escuela parisina parecía demasiado conceptual terminó convirtiéndose en su primera gran oportunidad profesional. Jacquemus encontró en las propuestas de Ortuño una mirada diferente. El resultado, la primera colaboración de su carrera: el diseño de los primeros zapatos de la firma, presentados en la icónica colección La Bomba de primavera-verano 2018. Después llegaron Givenchy, Kenzo, Rabanne, Coperni y las colaboraciones con Jonathan Anderson. Del tacón geométrico de Jacquemus al tacón globo de Loewe, pasando por las icónicas Bridge Boots. Sus creaciones más deseadas (y virales) de la década reciente. Su talento reside en interpretar los códigos de cada firma sin perder los suyos propios.
Con una trayectoria tan sólida, entre la artesanía y la experimentación, dar el salto en solitario era el siguiente paso lógico para el creador alicantino. Con ABRA, fundada en 2019, dejó de interpretar el universo de otros para dar forma al suyo. Un imaginario en el que cada colección vive de la nostalgia más kitsch: “ABRA es muy personal; cada colección que hago representa una etapa de mi vida” explicó a Alexandra Lores en Vogue España. Lo que empezó como un mundo de recuerdos personales —donde conviven el manga, las series adolescentes, la cultura pop y referencias de los años noventa y dos mil— hoy desfila en París. Y lleva su firma.
De Jacquemus a Loewe, sus accesorios se hicieron famosos antes que su nombre. Con ABRA, dejó de interpretar universos ajenos para construir el suyo.
Su reciente nombramiento como director creativo de Camper y CAMPERLAB, en marzo de 2026, tiene algo de justicia poética. Los zapatos fueron el paisaje de su infancia. Ahora tiene en sus manos el futuro de una de las firmas españolas más emblemáticas. Su primera colección llegará a mediados de 2027, mientras mantiene viva ABRA. ¿El peso de su nuevo cargo? Prefiere tomárselo con humor, lejos de la pomposidad que suele rodear los grandes nombramientos de la moda. “Ahora soy como Hannah Montana: me quedo con lo mejor de los dos mundos”, bromeó con Bryan Ferrerira para GQ España.
El niño que jugaba con las cuñas de madera sobrantes de las fábricas de Elche ha vuelto al calzado español sin renunciar a sus colaboraciones con grandes firmas. Entre ABRA y su nueva etapa en Camper, Ortuño combina años de oficio, conocimiento técnico y una extraordinaria cultura visual. Ha aprendido todas las reglas. Lo interesante será descubrir qué hace con ellas.